BEETLEJUICE en el Prince Edward Theatre
Stuart King
29 mayo 2026 a las 12:19
Aviso mortuorio: perderse BEETLEJUICE: THE MUSICAL sería un error de ultratumba. El espectáculo está para morirse — y aquí eso es un elogio.
Conservando lo mejor de la irreverente película de culto de Tim Burton (1988), el montaje escrito por Scott Brown y Anthony King se ha estrenado esta semana en el Prince Edward y añade un arsenal puramente teatral, empezando por la música y las letras con chispa del cantautor australiano Eddie Perfect. El resultado está entre la fiesta desatada y el motín cómico sin pausa.
David Fynn como Beetlejuice y Hannah Nordberg como Lydia Deetz con la compañía © Johan Persson.
Confinados a un más allá de burocracia pesadillesca —en concreto, el desván de su antigua casa— tras un accidente con la instalación eléctrica, los recién casados y recién fallecidos Adam y Barbara Maitland (David Hunter y Chelsea Halfpenny) descubren horrorizados que su querida casa tiene nuevos inquilinos. Para colmo, el principal intruso, Charles Deetz (Alasdair Harvey), es un agente inmobiliario sin escrúpulos (¿los hay de otro tipo?) que, tras la muerte de su mujer, se ha mudado al campo con su hija gótica Lydia (Hannah Nordberg) y su «coach de vida» Delia (Aimie Atkinson), con la intención de convertir la casa ruinosa en el piso piloto de una nueva urbanización cerrada.
Sin muchas opciones, Adam y Barbara se ven obligados a invocar al bioexorcista estrella del más allá, Beetlejuice (David Fynn), para acabar con la plaga. Pero son demasiado buenos y se echan atrás: será Lydia quien acabe diciendo su nombre tres veces y desate la presencia demoníaca de BEETLEJUICE. A partir de ahí el equipo creativo se desmelena en los grandes números, aunque deja espacio suficiente para que los personajes ganen simpatía.
Dirigido por Alex Timbers, con escenografía de David Korins y vestuario del aparentemente indestructible William Ivey Long (¡su producción número 75!), el aparato técnico está milimetrado: guion ajustado, coreografía ajustada, ejecución ajustada. Y aun así, gracias al oficio cómico y musical de los autores, todo suena fresco y como improvisado sobre la marcha. Me aseguran que la duración apenas varía unos segundos entre funciones, lo cual tiene mérito con semejante cantidad de gags en apariencia espontáneos. Entre las «improvisaciones» de guion hay una buena colección de guiños y pullas a otros musicales, en especial Wicked y Paddington, todas colocadas con ironía perfecta. Excelente el trabajo de sonido, proyecciones, efectos especiales e ilusionismo: los gags visuales no paran.
Si algún musical se ha colocado para tomar el relevo de Paddington y llevarse el Olivier al mejor musical el año que viene, es BEETLEJUICE. En el papel protagonista hay que reconocer el mérito de David Fynn: energía sobrehumana (y sobrenatural) y un sentido del tiempo cómico que da gusto ver.
BEETLEJUICE dura 2 horas y 30 minutos con intermedio y está programado en el Prince Edward Theatre, en el Soho, hasta abril de 2027. No te lo pierdas: muerto se está mucho tiempo.
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